El claustro del antiguo monaterio benedictino se había ido llenando poco a poco. Casi media hora antes del comienzo del concierto ya sólo quedaban asientos en las zonas con visibilidad nula, la forma de aquel espectacular patio interior sólo permitía que unos pocos asistentes tuvieran visión directa de lo que pasaba en el escenario.
Mi mujer y yo no habíamos sido lo suficiente rápidos, así que nuestras expectativas pasaban por contemplar una las pétreas paredes durante la hora de duración estimada del espectáculo musical. Quedaban unos minutos para que comenzara el concierto y los fuimos consumiendo en consultar nuestros últimos whatsapps, leer la biografía de los actuantes y contemplar la amabilidad con la que unos acomodadores a tiempo parcial, el resto del tiempo lo dedicaban a montar y desmontar el escenario, indicaban a los menos madrugadores que ya no había mas sitio disponible. Al mismo tiempo, nuestros oídos fueron entrando en calor gracias a los lloros de un niño de no mas de dos años, demasiado joven para el rock and roll y también para la música clásica, y a los trinos de una familia de pequeños pájaros, demasiado pequeños como para no poder colarse por las redes dispuestas en el claustro para evitar su paso.
Los trinos de las aves cautivaron a la audiencia hasta que los aplausos de los pocos vidente nos indicaron que el acto estaba próximo a comenzar. Una pieza para piano, violín y viola arrancó las primeras muestras de admiración pero, sólo cuando la soprano local salió al escenario se pudo sentir la verdadera entrega del público asistente. La cantante empezó su actuación y sus notas más agudas sirvieron de estímulo para que el, hasta ese momento, respetuoso silencio guardado por los pájaros se rompiese. Al cabo de un buen rato de trinos compartidos, el público empezó a sentirse incómodo. Cuando la incomodidad se convirtió en murmullo ocurrió lo inevitable, los acomodadores transfigurados en Angeles del Infierno, aparecieron por una de las entradas laterales armados con sendas escopetas de cartucho. Un par de detonaciones, corregidas y aumentadas por los múltiples ecos del los vetustos muros, los consiguieron acallar. Tras el estupor inicial, la calma volvió al auditorio. Por fin, el repetido milagro de la primavera pudo continuar.