Su primer día de trabajo había sido un calvario. La unidad de cuidados intensivos estaba a reventar y no había tenido mi un minuto de respiro en toda el turno. Samuel, uno de los más jóvenes pacientes de la unidad, había estado a punto de írseles varias veces a lo largo de la noche. Juan no quería que ocurriese de nuevo.
Con sus antecedentes profesionales, un fallecimiento tras una operación, aparentemente sencilla, podría causarle serias complicaciones.
Las horas previas al amanecer eran las peores: los pacientes se agitaban, el personal empezaba a sentir los efectos de la vigilia y la necesidad de descansar se volvía obsesión.
Minutos antes del cambio de turno, Juan se acercó a la cama del muchacho, su cara reflejaba un intenso dolor. El enfermero sabía perfectamente como hacer que aquel rictus se relajase. Mientras la aguja atravesaba la bolsa del suero, Juan comprendió que nuevas complicaciones estaban a punto de llegar.