Aquella mañana, el guía local hizo que volviéramos a las habitaciones a revisar nuestro aspecto de turistas. El itinerario previsto para ese día incluía algunas de las zonas más deprimidas del deprimido Rabat. Al dejar el coche en aquel sucio descampado, nos dimos cuentas que sus advertencias no eran ninguna broma. Tras un apresurado paseo por un paisaje en blanco y negro, difícil de describir, descubrimos, entre toda aquella mugre y aquel ácido cóctel de olores, como una aparición, la niña que en la imagen posa para nosotros. Su media sonrisa derrumbó, de un plumazo, nuestro occidental sistema de valores.
